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DE UN AMIGO MEXICANO

junio 16, 2009

EL GUERNICA DE PICASO

EL GUERNICA DE PICASO

Estudiante de filosofìa me escrbe en dìas pasado este mexicano amigo de nuestro pueblo y me pide un espacio para presentar un trabajo. Con todo gusto se lo doy.
Tn sòlo una pequeña aclaraciòn, por que luego enseguida se confunden. Muñoz Molina es un buen escritor y quizàs por lo mismo, demasiado fantasioso.
Un saludo a nuestro amigo Emilio y gracias por traernos su trabajo al blog.

Guernica, de Pablo Picasso
Por Emilio García
A mi abuelo, Lorenzo Cuevas Paralizabal
Introducción

Nire aitaren etxea
defendituko dut.
Otsoen kontra,
sikatearen kontra,
lukurreriaren kontra,
justiziaren kontra,
defenditu
eginen dut
nire aitaren etxea.
Gabriel Aresti, Nire aitaren etxea
Antes de dar inicio al presente texto, me gustaría aclarar un punto referente a la constitución y al tono bajo el cual se construirá el discurso. El conflicto vasco es un tema que, de manera indirecta, me conmueve y, en cierto modo, me involucra. Hasta antes de su muerte, mi abuelo, quien tomara el papel de mi padre a lo largo de toda mi vida, nunca dejó de evocar a Euskadi como una tierra dolorosa y adolorida. Así, si la prosa que a continuación presento se aleja un poco de los formalismos y el rigor que el ensayo filosófico exige, ruego me sea disculpada la falta: hay temas que, dado su arraigo en la intimidad de los sentimientos, sólo pueden ser expuestos con pasión.
* * *
Antonio Muñoz Molina, novelista español que en 1992 ganara el Premio Nacional de Literatura, evoca sus años en el servicio militar:
“estaba a punto de irme a la mili, y no a cualquier parte, sino a País Vasco […] casi diariamente explotaban bombas y morían asesinados oficiales del ejército, policías y guardias civiles, y se veía siempre un cadáver tirado en la acera en medio de un charco de sangre y mal tapado por un manto gris, o caído contra el respaldo en el asiento trasero de un coche oficial, la boca abierta y la sangre chorreando sobre la cara, una pulpa de carne desgarrada y de masa encefálica tras el cristal escarchado y trisado por los disparos.”
Lo descrito es -y tal vez sobre decirlo- aterrador. Es sólo literatura, sin duda; es texto que no está compuesto sino por palabras impresas las cuales, sin embargo, remiten a una realidad escabrosa y, según consta en los diarios y en los noticieros, inacabable. Ante el relato de Muñoz Molina, no puede evadirse el planteamiento de dos preguntas: ¿qué papel juega el arte al relacionarse con la oscuridad de la violencia y la respuesta que ésta desata? Además, ¿qué ocurre en Euskadi? ¿Qué esencia subyace bajo el pueblo vasco, que no deja de sufrir y actuar en función a este dolor? Las preguntas pueden vertirse sobre un lienzo y verse contenidas en los límites de un caballete al encontrar su forma icónica en una de las más afamadas creaciones de Pablo Picasso: el Guernica.
El municipio de Guernika tiene una historia singular: situado en la provincia de Vizcaya, a la vega del río Oca, alberga al “Árbol sagrado”, roble bajo el cual, antiguamente, los Señores de la provincia juraban respeto a los fueros. Con el correr de los años, el poblado devino en símbolo del nacionalismo vasco pues, en sus tierras, el movimiento separatista tuvo nacimiento. Y llegó, de pronto –con lo imprevisible que suele ser todo acto de violencia para aquel que lo padece-, llegó el bombardeo: los nacionales de Franco autorizaron al ejército alemán poner prueba su Blitzkreig en territorio vascuence y, por un buen tiempo, Guernika fue sólo un montón de escombros.
* * *
El cubismo desarrollado según los lineamientos de Cézanne, quien retomara la antigua idea griega según la cual el mundo físico puede descomponerse en figuras geométricas, parece resignificarse –o más: cargarse de sentidos- en el Guernica: la representación bárbara, primitiva, pone en entredicho la civilidad de Occidente y de sus formas pictóricas; el retrato fiel, producto de la “elevada” técnica de la sociedad europea, no parece ser fiel, no puede adecuarse a los hechos: lo monstruoso sólo puede exponerse bajo los cánones de lo monstruoso. Los ideales de la Europa Ilustrada –la existencia de una naturaleza humana fundamentada en la razón, el Viejo Continente como único conquistador del Espíritu, a decir de Hegel; la exaltación de la técnica, la majestuosidad del individuo- muestran, uno a uno, sus partes de sombra: la razón y sus elucubraciones son capaces de planear masacres, en Europa ascienden gobiernos totalitarios, la técnica elabora máquinas de guerra y el individuo, ese individuo romántico de Rousseau, está escindido: la dialéctica hegeliana del amo y el esclavo no ha sido superada aún. Todo esto se traduce a los trazos: las formas naturales se resquebrajan, los colores desaparecen y la pintura de precipita, entonces, hacia el espacio monocromático de lo gris, donde las figuras se quiebran y pierden toda calidez. El genocida, el único detentor de la individualidad, no concibe al pueblo más que como una masa y como una cifra; para el asesino de las masas, éstas no poseen color ni forma; desde su óptica son, por el contrario, mera conjunción de poliedros blancos y negros.
Antes de la cosmovisión que posee el poder, se encuentra lo cotidiano; no lo cifrado, sino lo vivido desde los límites del sujeto kierkegaardiano irreducible. Así, bajo el Toro Hispano que, desde las alturas, contempla con frialdad sus excesos y yergue el rabo, semejante a una llamarada blanca, aparece una madre con el cadáver de su hijo pequeño en brazos. En este punto, como vemos, la visión que posee el poder se invierte: los gobernantes no son más los individuados, y el pueblo deja de ser una masa; por el contrario, al gobernante y a sus esbirros se les reduce a un símbolo; la masa popular se muestra, antes que como una unidad, como un conglomerado de individuos que sufren desde su particularidad. De este modo, en ambos extremos del cuadro se observa dos figuras que elevan los ojos al cielo; una madre, un hombre partido por la mitad, ¿dirigen su mirada al atacante que sobrevuela en su bombardero? ¿O claman a Dios, a ese Dios, tal vez representado en la segunda cuarta parte del lienzo bajo la forma de un ojo cuya pupila es un foco? El Dios celestial, como se observa, no esparce su luz en la habitación que contiene la escena: la luz es proyectada por esa extraña figura que se cuela por una ventana. Según parece, Picasso entra en los terrenos de la Teodicea; el mal existe en el mundo porque la luz divina no sale de sus límites, no alcanza a llegar hasta la tierra; aquí, en medio del horror, la única luz que nos alcanza es aquella con la cual el prójimo nos alumbra: allí vemos a esa cabeza sin cuerpo, de rostro urgido por el caos que impera en el cuarto, que extiende hacia el frente el brazo armado con un candelabro. La luz expone las imágenes espantosas de un caballo desfigurado y de un cuerpo hecho pedazos. Una mujer desnuda eleva la vista hacia el haz de luz que se desprende de la llama. La mujer parece asombrada y su cuerpo parece dirigirse por sí, a manera de autómata, hacia la luminosidad que el hombre le proporciona. En medio del dolor, la ayuda inmaterial del Señor parece insuficiente; sin embargo, la bondad es proporcionada por el otro, por el otro hombre que se agita ante el dolor de sus semejantes –que no iguales, pues ya hemos expuesto la superchería del discurso Ilustrado.
* * *
Este fue el horror al cual se enfrentó el pueblo vasco, horror que conmovió a Pablo Picasso al punto de inspirarlo para crear una de sus más deslumbrantes obras, en la cual, a decir de María Zambrano, el pintor “nos hace entrever algo contrario a lo que estábamos habituados a pensar: que el amor sea múltiple y la muerte una. Más bien, nos sugiere que el amor sea uno y la muerte múltiple.” La imagen de la muerte, que se pensaba homogénea y unificadora de lo existente, tal y como lo expusieron las Danzas Macabras medievales, se descompone en lo inerme de un cadáver destrozado, el dolor de una madre, la impavidez de los altos estratos sociales; sin embargo, detrás de toda esta disparidad de modos de vivir la muerte, se encuentra el amor expresado como la responsabilidad ante el otro, ante ese individuo semejante a mí pero jamás igual desde el momento en que el mundo –y la muerte- se le muestra de manera individuada. Así, pues, se concluye que, para Picasso, la individualidad no puede representar el único estrato más alto de la vida; la individualidad es sólo alcanzable en la medida en que somos seres sociales; somos individuos desde el momento en que comprendemos que el otro es semejante y, a la vez, diferente de aquello que nosotros somos. Un viejo profesor de la Universidad de Berlín aseguró que en el lenguaje se actualiza la cultura o, lo que es más: que el lenguaje actualiza la cultura. Así, si la afirmación de Hegel en verdad se afianza en las “cosas mismas” y sólo en éstas encuentra su fundamento, entonces tendremos un primer acercamiento a la gravedad del “problema vasco”, del problema de un pueblo que se designa a sí mismo como Euskal Herria, es decir “el pueblo del euskera”, “el pueblo que habla vasco”. El pueblo vasco, lo sabemos, es un pueblo que conoce la discriminación –baste recordar la prohibición del euskera durante el Franquismo y, ¿qué peor muestra de intolerancia que el veto de la lengua materna? Para el crítico literario Harold Bloom, los personajes de Shakespeare no de despliegan: se desarrollan; y esto sucede “porque se escuchan hablar, a sí mismos o mutuamente” . Esta afirmación no es privativa a los actantes del Bardo; los hombres, a diferencia de la concepción agustiniana de los objetos, no medimos nuestro tiempo a partir del movimiento espacial implícito en la noción de “despliego”; no sólo somos cuerpos en el espacio: devenimos, y en este devenir nos construimos, nos desarrollamos. Y en ese desarrollo, nuestra lengua, aquella lengua con la cual aprendimos a nombrar al mundo y a pensarlo, adquiere un papel preponderante. Por ello, el poeta alejandrino Fabio Morábito, exiliado en México desde la pubertad, descubre con horror que el italiano, su primera lengua, comienza a caérsele en el olvido; entonces, su poesía parece, de pronto, un estertor, llanto hecho canto:

“Hay que voltear atrás/ tarde o temprano,/ soldarse a algún pasado,/ pagar todas las deudas/- de un solo golpe/ si es posible./Así, si tú te vas,/ idioma de mi lengua,/ razón profunda/ de mis torpezas/ y mis hallazgos,/ ¿con qué me quedo?/ ¿con qué palabras/ recordaré mi infancia,/ con qué reconstruiré/ el camino y sus enigmas?/ ¿cómo completaré mi edad?” .

Euskadi conoció, en su historia, al horror y a la discriminación. La solución está, como Picasso nos ha mostrado, en el respeto a la individualidad del otro y en la cooperación entre semejantes. Por ello, es menester tomar conciencia de la hermandad que nos une entre los hombres; y los poderosos deben comprender que las diferencias existen, y que éstas, además, no deben ser un punto a partir del cual el hombre sea tenido por menos. Gora Herría askatuta!